Retrato de una obsesión

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Por Gonzalo Lahoz

Bruckner el místico, Bruckner el catedralicio, el atrapado entre otros dos grandes genios: Wagner y Mahler. Bruckner el olvidado. Apenas reconocido en vida. No lo suficientemente valorado tras su muerte. Tanto que resulta llamativo el hecho de que hace prácticamente un año, Daniel Barenboim llevara sus sinfonías hasta Nueva York, por primera vez en la historia presentadas en el Carnegie Hall en un ciclo completo. Barenboim siempre ha sido más de Bruckner que de su sucesor afín en sinfonismos, el ya mencionado Gustav Mahler. Sin embargo no es el caso de la mayoría de batutas – y públicos - que, si uno se detiene a analizar, parecen siempre decantarse por uno u otro, siendo este último la opción a todas luces más escogida.

Ambos eran tan parecidos como diferentes entre sí. Bruckner el creyente obstinado, el de la espiritualidad como obsesión serena; Mahler el errático inconformista en la búsqueda de un Dios escogido al que encomendarse. La palabra del primero, que jamás llevó a sus sinfonías, es siempre sagrada. La del segundo, que sí trasvasó a cuatro de las nueve que compuso, provenía de las más diversas fuentes, teniendo como colofón los versos del poeta chino Li-Tai-Po o las líneas de Nietzsche y Goethe.

Es el encuadre histórico lo que perpetúa la imagen de Bruckner como el celestial, como el enviado de Dios que él mismo se creía

Es el encuadre histórico lo que perpetúa la imagen de Bruckner como el celestial, como el enviado de Dios que él mismo se creía, siempre en la búsqueda de la tímbrica de su venerado órgano, tan ligado a sus inicios y la música de iglesia que toda su vida le acompañó. Es habitual que se hable de sus sinfonías como verdaderas catedrales. Así son, de hecho. Construcciones imponentes, de sonoridades dilatadas e íntimos recovecos por los que se cuelan los difuminados colores vitrales, como si estos nos guiasen hacia los confines del alma humana.

Mahler, por su parte, se presenta como el terrenal, en mil giros tímbricos. Ambos se encomendaron a una carrera sinfónica hacia el ascenso de su fe. La manera de llegar a ella, - Mahler supone el redescubrimiento continuo, obra a obra; Bruckner es la búsqueda de la perfección propia a través de una constante- , es lo que yo diría les hace genios de algún modo confrontados, aunque unidos por un punto irrenunciable: Richard Wagner.

Sin duda su lugar común era Wagner, quién si no. Como poderoso símbolo de ello, fue Mahler quien transcribió al piano la Tercera sinfonía de Bruckner, la “Wagneriana”, aquella que este dedicase al autor del Anillo, “el inaccesible, famoso y sublime Maestro de la Poesía y la Música”.

Pero sobre Bruckner no sólo influyó Wagner. Su sinfonismo proviene del genio beethoviano y las formas del último Schubert. Y desde ahí, entonces sí, Wagner. Como influencia, como obsesión. Le “descubrió” (ya había asistido a otras representaciones de sus óperas) alcanzados los 40 años, en el estreno de Tristan und Isolde, constituyendo el verdadero arranque de su incursión sinfónica y estando presente hasta la última de ellas, su Novena, estrenada en 1903, siete años después de la su muerte. Ahora la Orquesta y Coro Nacionales de España nos acercan a ella a finales de febrero, junto al estreno absoluto de Mauricio Sotelo: Con segreto sussurro.

Precisamente Tristan está presente también al arranque del Adagio, como lo están así mismo el Santo Grial de Parsifal o la espada de Siegfried. ¿Cómo no elevarse a través del amor wagneriano cuándo uno es Bruckner y sabes que te estás muriendo? Mejor aún, ¿cómo no echar la vista atrás y ver quién has sido, quién eres, por encima de influencias y etiquetas? Junto a Wagner, Bruckner recurre a su Misa nº3 para despedirse, aquella que compuso casi 30 años atrás y que suena aquí en este último movimiento de una sinfonía, pareciera, no tan incompleta. Maravilla es que también tengamos la oportunidad de escuchar esta misa el primer fin de semana del mes de abril, con Juanjo Mena a la batuta. Si todo esto no es redimirse, que baje Dios y lo escuche.

Si todo esto no es redimirse, que baje Dios y lo escuche.

Dios no bajó en su momento, cuando Bruckner se lo pidió día tras día, oración tras oración. Católico consumado – rechazó casarse con la única mujer que le prestó atención a lo largo de toda su vida por ser esta protestante -, quiso dedicarle su última sinfonía: “Dem lieben Gott” (al amado Dios), al mismo tiempo que le culpaba a él si no llegaba a completarla. Es curioso, gracias a Dios podemos escuchar esta gloriosa pseudoelegía y gracias a Dios, según Bruckner, no podemos disfrutarla en su totalidad. La realidad es que si el compositor le dedicó nueve largos años, los últimos de su vida, fue por su obsesión de volver atrás, para revisar, para perfeccionarse a sí mismo y a sus partituras ya pasadas.

Contemporáneo de Brahms, uno de los músicos más programados en auditorios y teatros junto a Mozart y Beethoven, es muy cierto que Bruckner fue un enamorado acérrimo de la obra de Wagner, pero entre este y Mahler, el compositor de Ansfelden no debería pelear por ser recordado con un espacio propio. Sólo él, en su genialidad tan única como singular, podía enviar una carta a Mahler en la que apenas se esbozan seis compases: un fragmento de la marcha de Von Suppe en su opereta Fatinitza y el tema del Valhalla de Wagner. En el sobre, dos referencias bíblicas: Mateo 24:15 (“el que lea, que entienda”) y 13:13: “Por eso les hablo con parábolas: porque viendo no ven, y oyendo no oyen, ni entienden”.

 

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