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Vivaldi y la música religiosa

31/10/2012

Por José María Herrera

Cuando Vivaldi nació un terremoto sacudió Venecia. No debió de ser gran cosa porque la historia apenas lo recuerda. El cronista que describió el seísmo ocurrido allí en 1348 dice que entonces las torres de las iglesias temblaron provocando un terrorífico repique de campanas. Comparado con este, el del 4 de marzo de 1678 fue una menudencia. Los biógrafos de Vivaldi lo citan porque ven en él un presagio; la llegada de un genio que conmovió, sin destruirlos, los cimientos de la música.

Vivaldi, sin embargo, apenas dio un ruido. El único hilo descosido de su biografía, sus relaciones con Anna Giró, la cantante con la que supuestamente estuvo enredado, parece más fruto de los tirones de la maledicencia que de la verdad. Tratándose de un hombre que, amén de músico, clérigo y pedagogo, fue empresario operístico, semejante falta de noticias prueba que supo guardar las apariencias. Su extraordinaria capacidad para describir los fenómenos naturales y los afectos humanos revela, en cambio, un agudo sentido de la observación y una vida muy rica, interiormente al menos.

Vivaldi fue cura, un cura atípico. Debido a un asma bronquial que le impedíaacabar la liturgia, logró ser dispensado de decir misa. Nadie en su época dudó sin embargo jamás de su religiosidad. Han sido los exégetas actuales quienes han sugerido que la enfermedad ocultaba un conflicto espiritual no resuelto y que la música fue su escapatoria. Pero la música no estaba reñida con el sacerdocio. Desde San Ambrosio, la Iglesia la había considerado un medio idóneo para expresar la gloria divina. En Venecia esa creencia formaba parte de la tradición. La aptitud de la música para ligar el orden de los sentidos, donde opera el hombre de carne y hueso, y el del espíritu, al que se eleva el alma henchida de fe, constituía un tópico desde que Giovanni Bellini introdujo en sus cuadros la figura del ángel tañedor como símbolo de la comunicación entre lo divino y lo humano.

Afirmar que la religión fue para Vivaldi una carga es una hipótesis
indefendible. Incluso aunque su fe vacilase, su música eclesiástica siempre se consideró adecuada. Otra cosa eran las óperas. Marcello, en el Teatro alla moda, acusó a Vivaldi de degradar el lenguaje operístico plegándose al gusto de un público ignorante. Él, que era noble y componía para las academias, juzgaba dicha servidumbre una traición a los principios. En las academias se profesaba cierto neoplatonismo según el cual el cometido de la música y la poesía, animadas por Eros, el deseo que empuja a los hombres a la plenitud, es someter las pasiones a la medida de la razón y alzar el espíritu a una altura ideal. Usar el arte simplemente para describir los fenómenos, naturales o humanos, sin ir más allá de ellos, era rebajar su sentido. Las óperas vivaldianas les parecían por eso intrascendentes y vulgares, válidas para ocasionar efectos inmediatos, una catarsis sin consecuencias que deja al hombre donde siempre está. Pero a Vivaldi, que no compuso para las academias, no le interesaba el ideal platónico sino la realidad, concebida al modo cristiano, o sea, como la creación de Dios, desquiciada primero a causa del pecado y salvada luego por obra de la gracia. Su fe le empujaba a creer que Dios está en todo lo que hay –el pájaro, las estaciones, la noche, el placer- y que no son necesarias operaciones alquímicas de sublimación de las pasiones para reconocerlo; basta con purificar la mirada y ordenar el alma a fin de que perciba las cosas bajo la luz apropiada. ¿Qué luz? No la de la lucidez, la luz de los filósofos, sino la del amor puro encarnado en la tradición por la Virgen.

Este es el tema del Magnificat, un pasaje del evangelio de Lucas en el que María alaba la grandeza de Dios porque, a través de su luz, ha exaltado a los humildes frente a aquellos que, orgullosos de su propia mirada, se hunden en la desesperanza. Vivaldi elaboró con él una de sus obras más logradas. Al evocar los sentimientos de la Virgen y contraponer la orientación de los creyentes al naufragio de los hombres sin fe, reflejó probablemente mucho mejor que en cualquier sermón la sustancia última de su cristianismo, la creencia en que la vida, pese a todo, tiene un sentido.