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La Octava de Antonín Dvorák: La sinfonía más novedosa

25/04/2012

Por Pablo-L. Rodríguez

Antonín Dvorák (1841-1904) nació en un pueblecito a orillas del Moldava y, como otros artistas coetáneos checos, pretendió reivindicar su identidad cultural a pesar de haber crecido bajo el dominio político y los patrones germanocéntricos del Imperio austrohúngaro. Buena parte de la producción musical de Dvorák, y en especial sus nueve sinfonías, que escribió entre 1865 y 1893, reflejan esa combinación de elementos de la tradición centroeuropea procedente de la música orquestal de Beethoven, Schubert, Wagner o Brahms con el color melódico local checo.

 

Ya en las Sinfonías Primera y Segunda (ambas de 1865) la influencia de Beethoven queda patente en la construcción formal y el diseño temático, que se une al lirismo de

Schubert o a diversos efectos wagnerianos. La Tercera (1873) es su sinfonía más wagneriana, llena de evocaciones de Tannhäuser y Lohengrin, y también la primera que estrenó. La Cuarta (1874) sigue la estela de la anterior pero deja ya entrever la influencia de los aires populares checos. La Quinta (1875) es la primera de sus sinfonías de madurez y también la que evoca más sones de su Bohemia natal. A través de esta sinfonía y de otras obras como su Serenata para cuerda, Dvorák entró en contacto con Johannes Brahms y también con el influyente crítico Eduard Hanslick, ambos miembros de la Comisión Estatal Austriaca de Música.

 

Dvorák inicia a partir de 1879 una etapa de importantes éxitos en Viena que coinciden con la entrada en el Gobierno liberal austriaco de un sector eslavista que impidió el tradicional dominio exclusivamente pro germano. Esta etapa coincide con la composición, estreno y publicación de sus dos sinfonías más alemanas: la Sexta (1880) y la Séptima (1885), donde combina dos movimientos iniciales de honda influencia brahmsiana con el uso de danzas eslavas en el Scherzo y un Finale que funciona como amalgama de lo alemán y lo eslavo. Estas dos sinfonías serían publicadas por Simrock en 1882 y 1885 como Sinfonías núms. 1 y 2 de Dvorák, la núm. 3 sería en 1888 la Quinta y sucesivamente la Octava se publicaría en 1892 como núm. 4, y la famosa Novena «Del Nuevo Mundo» saldría a la venta como núm. 5 en 1894; la numeración actual sería adoptada a partir de 1917, en que Otoñar Sourek publicó su catálogo del compositor checo.

 

De todas estas sinfonías, la única que no publicó Simrock en Viena fue la Octava. Dvorák la había escrito principalmente en su casita rural de Vysoká durante el verano y otoño de 1889 con la intención de hacer algo «diferente de las otras sinfonías, con pensamientos individuales resueltos de una nueva forma». El propio compositor dirigió su estreno en Praga en febrero de 1890 y varios meses más tarde obtuvo un importante éxito en Viena dirigida por Hans Richter. Simrock, mucho más interesado en publicar obras breves y comerciales, ofreció a Dvorák la irrisoria cantidad de mil marcos, por lo que el compositor se la entregó a Novello, que la publicó en Londres en 1892; entre medias la Sinfonía se había estrenado en esa ciudad, pero también en Cambridge, con motivo del doctorado honoris causa que había recibido Dvorák en junio de 1891, por lo que se conoce también como «Sinfonía inglesa».

 

Dejando a un lado la popular Novena, verdadera culminación del catálogo sinfónico de Dvorák, la Octava es su sinfonía más novedosa. Por fin, la ecuación de influencias y elementos folclóricos cohesiona en un resultado verdaderamente personal donde lo sombrío y lo pastoral se imbrican perfectamente con cantos y danzas autóctonos. La clave de la obra está en un impresionante trabajo temático que se combina con un hábil manejo de la variedad rítmica y una gran maestría en el uso del modo y la tonalidad; en la exposición del Allegro con brio inicial se suceden hasta ocho temas relacionados unos con otros, alternando modalmente y con una gran variedad rítmica. El Adagio tiene la misma estructura rapsódica y habilidad narrativa, al integrar nuevamente todos los motivos. A diferencia de un Scherzo/Furiant, Dvorák elige una bellísima dumka con una cita en la sección central de su ópera Los amantes obstinados (1874). Y el Finale vuelve a actuar de síntesis de todo lo anterior al moverse entre la variación, el rondó y la forma sonata.