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El compositor como héroe

18/10/2012

Por Enrique Martínez Miura

Muchos son los elementos –históricos y hasta simbólicos– que hacen de Una vida de héroe, el último poema sinfónico de Richard Strauss, un caso especial dentro de su producción. Atrás quedaban ya, cuando aborda la partitura en 1897, Don Juan, Muerte y transfiguración, Till Eulenspiegel y Así habló Zaratustra, que le habían consagrado como un mago de la orquesta y un digno heredero de la música del porvenir de Liszt y Wagner, aunque si sus poemas sinfónicos estaban a la altura de los nuevos horizontes abiertos, no se podía decir lo mismo de la única ópera escrita por Strauss hasta la fecha, la olvidada Guntram. Antes del definitivo asalto a la escena lírica que supondrá Salome en 1905, la Vida de héroe aplica un nuevo giro a la idea del contenido programático. La obra es por duración y virtuosismo orquestal extremo tan ambiciosa o más que Zaratustra, pero renunciando al contenido filosófico que anidaba en los pentagramas basados en Nietzsche. El héroe straussiano posee una épica indefinida que no deja de presentar paralelismos con la más célebre pieza análoga del sinfonismo europeo, la Heroica beethoveniana. Strauss citó incluso el precedente del autor de Fidelio como razón de ser de su nueva composición, con la que quería proponer una pareja idónea para la Tercera. Esta afirmación, con todo, no puede ser vista más que como un pretexto, revelador eso sí de que el poema sinfónico practicado por Strauss tomaba un nuevo rumbo. Es bien sabido que Romain Rolland, su defensor a ultranza en tierras francesas, abominaba de los detallados programas que se entregaban al público en los conciertos. El músico alemán le respondió definiendo la función del soporte literario de sus poemas: «Pero para que la música no se pierda en abstracciones y vaya a la deriva necesita estar sujeta por unos límites que determinen una cierta forma, y es el programa lo que establece esos límites». No obstante, Una vida de héroe apunta una evolución singular en un doble sentido; en el estructural, propone ya la simbiosis con la forma sinfónica que Strauss completará en la Sinfonía doméstica y en la Sinfonía alpina; y, por contenido, opta por un evidente sentido autobiográfico, que enlaza más con la Sinfonía fantástica de Berlioz que con la Heroica de Beethoven.

Aunque eliminado de la edición impresa de la obra, el programa original nos es conocido con cierto detalle. Se divide la partitura en seis partes que se tocan sin interrupción; media docena de bloques temáticos claramente reconocibles. La primera parte es un retrato, El héroe, que irrumpe de modo impetuoso con un tema presentado por las trompas y la cuerda grave, que lo ceden, para que cobre más vuelo, a flautas y violines. En un contraste radical, la sección Los adversarios del héroe nos describe a estos lo mismo grotescos que ominosos. Si aceptamos que esos «adversarios» podrían muy bien ser los críticos y los públicos reacios a su obra, no cabe duda de que Strauss les expresa aquí un olímpico desprecio. El héroe se diría abatido por un instante, pero la brillantez que adquiere la música manifiesta que se ha quitado de en medio a sus enemigos con suma facilidad. El violín solista asume una parte concertante en La compañera del héroe, donde queda plasmada la esposa del compositor, la soprano Pauline de Ahna. Los motivos de la compañera y del héroe se entrelazan en una expansión lírica alusiva al amor nacido entre ambos. Vuelven los temas de los adversarios al comienzo de El campo de batalla del héroe, dominado por fanfarrias guerreras y estallidos de combate, asombroso alarde de dominio orquestal y sabia dosificación de la sobreabundancia de temas. El estruendo se generaliza y los diseños amenazan con partirse en medio de un caos sólo aparente, pero al fin los enemigos son vencidos. En Las obras de paz del héroe reconocemos la verdadera personalidad de éste por las numerosas citas de piezas straussianas: Don Juan, Macbeth, Muerte y transfiguración, Till, Zaratustra, Don Quijote, Guntram, incluso el Lied, Traum durch die Dämmerung. La paz, por lo tanto, hace posible el desarrollo de la personalidad y del arte. Aun así, no parece bastante, pues en Huida del mundo y plena realización del héroe Strauss plantea una transfiguración, una superación de las ataduras mundanas, pretensión acaso exagerada, bien que expresada por medio de una música excelsa.