LAS COSAS POR HACER

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Por Gonzalo Lahoz, crítico musical

Lo de Schubert fue breve, pero intenso, muy intenso. De esa intensidad nos va a dar buena cuenta la Orquesta y Coro Nacionales con tres conciertos dedicados a sus sinfonías, entrelazadas con obras concertísticas y corales de otro grande como es Benjamin Britten. La Muerte entre las flores servida en tres actos, tres conciertos, con partituras surgidas del dolor como eje central, secundadas por las sinfonías que sirvieron como puente entre dos momentos clave de la música. Luz al final del túnel… aunque cuidado, relativamente, porque interpretarán, bajo la batuta de Juanjo Mena, con una obra como la Octava de Schubert, enorme y en cierto modo oscura por lo que encierra, pero relativamente breve por su duración… y es que el genio se marchó antes de terminarla.

Schubert comenzó a componerla en 1822, cuando el todopoderoso Beethoven llevaba ya casi diez años sin estrenar una sinfonía ni un concierto. ¿Hora de recoger el testigo? Sobrevivir a Beethoven debería haber tenido recompensa y por ello Schubert se dejó llevar por un sentir distinto al que le guió en sus anteriores sinfonías. En realidad, se entregó directamente a la forma sinfónica al estrenar el de Bonn ese coloso en llamas que es su Séptima, componiendo todo su corpus sinfónico prácticamente del tirón y antes de cumplir los 25 años (falleció con 31). “En el fondo de mi corazón, todavía espero ser capaz de hacer algo por mí mismo, pero ¿quién puede hacer algo después de Beethoven?”.

A menudo se habla de los “fantasmas” de la Octava schubertiana, cuasi a modo de Berlioz

Poca “condescendencia clásica”, voy a llamarlo así, en esta Octava. Es un inicio que surge desde las profundidades, más mefistofélico que celestial, apartado de las luces del clasicismo y encaminado a la causa dramática del romanticismo. Me recuerda, en cierta forma, a las últimas sinfonías del mismísimo Mozart. A menudo se habla de los “fantasmas” de la Octava schubertiana, cuasi a modo de Berlioz. ¿El espíritu del amor perdido? Idealizaciones románticas aparte, lo que es claro es la irrupción romántica, aquella que ya insuflara sus sinfonías tiempo atrás: vuelvo aquí a traer a colación la comparación entre el Allegro final de su Cuarta sinfonía (escrita en 1816, pero no estrenada hasta 1849 y que la OCNE interpretará en marzo) y el Allegro final de la Sinfonía en re de Arriaga (escrita en 1824). Dos jóvenes que nada tenían que ver. Uno en Viena y otro en París, y un impulso en sus venas: Hola guapis, soy el Romanticismo. Entre medias, Beethoven haciendo de las suyas, pero antes que él un recorrido con ese último Mozart, con Carl Philipp, con Haydn… Con todo, la Octava, considerada por algunos la primera sinfonía romántica como tal e incluso predecesora de Bruckner, se quedó sin completar. ¿Por qué? Podemos ponernos un tanto noveleros de nuevo: la sífilis que finalmente le consumió, o incluso el verse a sí mismo sobrepasado por la maravilla que él mismo escribió… o tal vez fuera que la apartó momentáneamente sobre la mesa para dedicarse a otras composiciones antes de terminarla… o que simplemente se aburrió, quién sabe.

Schubert acumulaba partituras sin acabar. Que sepamos a ciencia cierta: seis obras para la escena, incluyendo una ópera proveniente del sánscrito: Sakuntala y el espléndido Lazarus; varias obras de cámara y alrededor de quince piezas para piano solo, muchas de ellas sonatas; amén de varios bocetos y esquemas para, al menos, tres sinfonías más. A esta Octava tal vez se le echó el tiempo encima… es lo que tiene la muerte, que suele ser sobrevenida. Que se lo digan a Mozart y su Requiem, la obra incompleta y el autor sobre los que seguramente hayan recaído más leyendas y falsos mitos. También a Albéniz y su Navarra o a Bruckner, que no pudo superar la también falsa maldición de ir más allá de la Novena sinfonía, del mismo modo que le ocurrió a Beethoven, Dvorák o Mahler. ¡Espronceda y Larra se quedan cortos al lado de cualquier cronista de la clásica en cuanto a romanticismo, está visto! Toscanini bajó la batuta al llegar al último pentagrama que escribió Puccini de su Turandot, que no alcanzó a completar, y la viuda de Alban Berg, Helene Nahowski se negó a que su Lulu fuese completada tras la muerte del compositor.

¿cómo es que en un concierto unimos a Mozart con Debussy y Shostakovich? ¡La música se mueve, la música está más viva que nosotros mismos!

Las formas y los códigos de la música, de la clásica más bien, se muestran en este aspecto de nuevo únicas y curiosas, ciertamente, frente al resto de las artes. Comparémosla con el teatro por ejemplo: no deja de resultar llamativo que en la clásica, al público se le pida siempre un esfuerzo añadido. Si en el teatro no vemos una primera escena de Las suplicantes de Eurípides seguida de otra de Las criadas de Genet y un monólogo de Angélica Lidell como conclusión, ¿cómo es que en un concierto unimos a Mozart con Debussy y Shostakovich? ¡La música se mueve, la música está más viva que nosotros mismos! Por ello tenemos siempre, además, las polémicas interpretaciones de directores de escena, musicales o intérpretes. Códigos que en el teatro ya se han superado hace tiempo, por cierto. Y a través de Schubert, llegamos a otro escenario: ¿Se imaginan que Basquiat hubiese terminado lienzos de Picasso sin terminar? ¿O a Goya haciendo lo propio con Durero? ¿Cómo puede ser entonces que a menudo veamos con buenos ojos el trabajo de Süssmayr, Alfano o Cerha, por ejemplo? Por no hablar de músicos o estudiosos más contemporáneos… ¡Pero cómo resistirse a la música! ¡Cómo resistirse a la vida!

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